Adopté un perro y aprendí a quedarme

Por Valentina H. · 14 de febrero, 2025 · 4 min

Siempre fui de las que huye. De ciudades, de trabajos, de relaciones. Hasta que llegó Canelo y me enseñó que quedarse también puede ser valiente.

Siempre fui de las que huye. De ciudades, de trabajos, de relaciones. Lo llamaba libertad. Ahora sé que era miedo con mejor marketing.

Adopté a Canelo en un momento de mi vida en que todo lo demás estaba en pausa. Recién había terminado una relación, había renunciado a un trabajo y estaba pensando en cambiar de ciudad otra vez. Un perro callejero, flaco, con las orejas chuecas.

Lo que no había calculado es lo que significa tener a alguien que depende de ti. Canelo me necesitaba. Necesitaba ser paseado, alimentado, acompañado. Por primera vez en años, yo era el punto fijo de algo.

Quedarse no siempre es rendirse. A veces quedarse es lo más radical que puedes hacer. Es decir: este lugar, esta vida, este momento, valen la pena.

No me cambié de ciudad. Llevo ya dieciocho meses aquí. Los más largos que he pasado en un mismo lugar en diez años. Y Canelo duerme en mis pies mientras escribo esto.

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