Aprendí a cocinar y me salvé la vida
Por Sofía C. · 5 de abril, 2025 · 4 min
Cuando murió mi abuela, heredé sus cuadernos de recetas. No sabía que cocinarlas sería la forma en que aprendería a despedirme de ella.
Cuando murió mi abuela, heredé sus cuadernos de recetas. Tres libretas de pasta dura llenas de su letra apretada, con manchas de aceite y anotaciones al margen como 'más ajo' o 'esto le encantaba a tu tío Carlos'.
No sé cocinar. O no sabía. Me metía a la cocina solo para calentar cosas o hacer café. Pero esa tarde, con las libretas en la mano, decidí intentar hacer su arroz con leche.
Me quedó horrible la primera vez. Y la segunda. A la tercera vez, cuando por fin me acercaba al sabor que recordaba, me puse a llorar sin parar. No de tristeza. De algo que no sé cómo llamar. Reconocimiento, quizás. La sensación de que ella seguía ahí, en ese olor, en esa textura.
Cocinar sus recetas se convirtió en mi ritual de duelo. Cada sábado hago algo de su libreta. Cada vez aprendo algo nuevo sobre ella, sobre mí, sobre lo que significa querer a alguien que ya no está.
El duelo no se supera. Se transforma. Y a veces, si tienes suerte, se convierte en algo que puedes compartir con otros.
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