Me fui sin tener todas las respuestas

Por Ana Laura · 12 de junio, 2025 · 6 min

Tenía 28 años, un trabajo estable y una familia que me amaba. Y aun así, algo en mí sabía que necesitaba irme.

Tenía 28 años, un trabajo estable y una familia que me amaba. Y aun así, algo en mí sabía que necesitaba irme. No era insatisfacción, era curiosidad. Una curiosidad que me quemaba por dentro cada vez que veía un avión cruzar el cielo desde la ventana de mi oficina.

La decisión no llegó de golpe. Llegó en capas, como cuando pelas una cebolla y no sabes cuántas capas faltan. Primero fue el pensamiento fugaz: "¿y si me voy a estudiar afuera?". Luego fue investigar becas a las 2 de la mañana. Luego fue no poder dormir sin pensar en ello.

Mi mamá me preguntó si estaba segura. Le dije que no. Creo que eso fue lo más honesto que le he dicho en mi vida. No estaba segura de nada, pero estaba segura de que si no lo intentaba, me arrepentiría para siempre.

Llegué a Canadá con una maleta de 23 kilos, un inglés funcional y mucho miedo. El primer mes lloré casi todos los días. No por extrañar, sino por la inmensidad de haberlo hecho. Por la extraña mezcla de orgullo y terror que te da cuando finalmente haces la cosa que tanto temías.

Hoy, tres años después, no tengo todas las respuestas. Pero aprendí algo que nadie me había enseñado: no necesitas tenerlas para empezar.

Escucha más historias reales en Contando Historias, el podcast de personas comunes con decisiones valientes.